domingo, 5 de febrero de 2012
Cuento de noviembre
Quería comprar un lapiz, nada más que eso. Sí, un lápiz. Uno de esos color sepia que sirven para que uno raye encima de alguna hoja en blanco pretendiendo ser el gran artista que, probablemente, no es; valen aproximadamente quinientos pesos y los encuentras en alguna librería con pretenciones de ser la más completa de la jodida capital. Cuando llegué al local, me puse inmediatamante en una cola infartante de veinte personas que querían comprar alguna cosita para el colegio de sus hijos: que la profesora les encargó un dibujo, que la maqueta del Combate Naval de Iquique, que la tarea de recortes -cosa inútil, considerando que probablemente sean los padres los que terminen buscando la información para que el niñito no se saque un dos, porque apenas sabe leer y mucho menos va a poder buscar datos, aunque sean los más básicos y hasta le digan dónde buscarlos(¡!)-. La cosa es que pasaron más de veinte minutos y yo seguía infatigable en espera de adquirir tan indispensable artilugio que me serviría posteriormente para satisfacer las ansias que desde la infancia me poseen de vez en cuando por plasmar alguna imagen en un papel virgen. Pasaron veinticinco minutos y faltaban dos personas para que llegara mi turno. Mis ojos se salían de sus cuencas de la emoción de pensar que pronto tendría entre mis manos mi deseado objeto artístico. Cuando por fin mi turno llegó, le pregunté a la señora del mesón si tenía lápiz sepia número dos y no sé qué más. Ella, con cara afectada me dijo que iba a ver, pero parece que están agotados; mis ojos terminaron por salirse de sus cuencas, pero no por la sorpresa y emoción de obtener lo que quería, sino porque No tuve lo que quería de inmediato, cosa que de vez en cuando, y sobre todo después de una espera de media hora de pie en un local calenturiento, me llena de una ira reprimida por las putas normas sociales. La señora volvió a los dos minutos para decirme que no quedaban de esos lápices, pero que me podía ofrecer uno que vale mil quienientos pesos la unidad. Yo me reí levemente, pero con desesperación y la miré con cara de angustia. Ella me miró con una expresión vacía, lo que no hizo más que aumentar la opresión de mi pecho. Pensé en dos segundos lo que haría: en mi bolsillo tenía dos mil pesos, los que, restándoles el dinero del lápiz, se convertirían en quinientos pesos, por lo que me tendría que ir caminando a mi casa, o sea, media hora de recorrido. Tomé el dinero y se lo pasé a la señora mientras una gota de sudor resbalaba por mi frente. Pensé inmediatamente en el regreso a casa que tendría que realizar a pie por culpa del sistema capitalista, pensé en el puto transantiasco, pensé en las veredas quebradizas que me separaban de mi casa, pensé en si valía la pena todo eso por un lápiz con el que dibujaría la silueta de una mujer que me miraría con ojos vacíos mientras me decía que no tiene lo que yo necesitaba.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario