domingo, 21 de octubre de 2012

Estuve a un segundo de cometer una locura. Una locura cuyas consecuencias podrían ser devastadoramente buenas o devastadoramente malas. Sin intermedios, sin grises. Sin embargo, esta vez ganó la cordura. Me gustaría leer los signos del tiempo y saber cuáles serían los verdaderos alcances de ambas posibilidades y poder observar ambas antes de actuar. Tomar un decisión basada en elementos racionales y objetivos. Sin embargo, no tengo el poder de leer signos, no tengo el secreto de la alquimia de los segundos.

domingo, 14 de octubre de 2012

Las dudas que inician la locura

 "Hay que estar ebrio siempre. Todo reside en eso: ésta es la única cuestión. 
Para no sentir el horrible peso del Tiempo que nos rompe las espaldas y nos 
hace inclinar hacia la tierra, hay que embriagarse sin descanso.
Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca. 
Pero embriáguense." Charles Baudelaire

           Unos días atrás estaba viendo "El secreto de sus ojos" y en cierta escena el protagonista se pregunta cómo es posible vivir una vida llena de nada, y es esa la duda que ha ocupado mis días desde entonces, ¿es posible? ¿cómo llenamos el vacío si el problema que lo origina es la existencia misma?.

          Imagínate que eres joven y de pronto, sin esperarlo porque nunca habías pensado en ello, aparece en tu vida una gran, indomable y brutal pasión que te lleva al borde de la locura. Al ser joven y poco experimentado te dejas llevar simplemente; te quemas con su fuego, te ahogas en las olas de emoción que de la noche a la mañana parecen llenar tus días y tus ilusiones sobre el futuro. Nada te parece imposible, perecedero. Crees que ahora posees el secreto que lleva a la felicidad eterna que tantas personas buscan infructuosamente y no comprendes cómo fuiste tan afortunado de encontrarlo a tan corta edad, y sin siquiera haberla buscado, porque además llegó a tus manos por casualidad, originada por un pequeño encuentro fortuito y unas cuantas frases graciosas que dijiste sin esperar nada a cambio. Y te topaste cara a cara con el destino y miraste a los ojos de la felicidad más pura, el amor más inocente hacia la vida y todo lo que ella te puede entregar. Pues bien, todas las cursilerías y las palabras dulces no alcanzan para expresar lo fuerte y seguro que esa pasión te hacía sentir.

          Ahí estás, devoto, entregado y perdidamente embriagado de pasión.

                           Y un día todo se va al carajo.

             Lloras durante meses, años, décadas llegando a creer que la única manera de escapar la tortura de haber perdido esa llama, ese fuego que te movía a realizar lo imposible y llegar hasta los límites de la existencia, es la muerte. Sin embargo, no eres lo suficientemente valiente para darte un tiro como Werther -le temes al dolor ajeno que podrías causar- entonces sigues viviendo. Pero luego de haberlo tenido todo, ahora estás lleno de nada, y la nada es lo que llena tus días. Vas de un sitio a otro tratando de evadir toda clase de emociones que te lleven a recordar aquella época dorada en que tenías el coraje suficiente para vivir y actuar, y ser libre atado solamente a tu pasión. Comienzas ahogando el dolor en alcohol, en peleas callejeras, en amores insustanciales: la bebida te arruina la salud hasta el punto en que ya no puedes ni comer sin sufrir terribles dolores físicos; las peleas callejeras te dejan huesos rotos, pero el dolor del alma sigue ahí instalado como una pesada carga en tu espalda y los golpes no logran sacudirla; y los amores intrascendentes te hacen sentir sucio y más vacío tras cada revolcón, porque el sexo sin pasión es peor que la muerte misma, es intentar llenar un barranco con pequeños puñados de arena de playa, un esfuerzo vano.

             Meses, años en esto, ese es el método hasta que un día ya no sientes absolutamente nada. Si pudieras elegir ¿prefieres el dolor o el no sentir absolutamente nada?

                  "En un momento dado de la vida, morimos sin que nos entierren. Se ha cumplido 
           nuestro destino. El mundo está lleno de gente muerta, aunque ella lo ignore." J.W. Goethe

            Y así sigues viviendo, lleno de nada, un muerto en vida que olvidó cómo sentir aunque sea una pequeña emoción, atado a la conservación de la vida material, mientras los pequeños vestigios de tu alma se van desvaneciendo poco a poco hasta dejarte marchito.  Si tienes una familia los cuidas y mantienes por una extraña necesidad de mantenerte sujeto a algo que no seas tú. Si estás solo te deleitas en pequeñas rutinas autoestablecidas que te ayudan a aplacar un poco la necesidad de vida, emoción y libertad. Quizá colecciones plantas, aprendas a tejer, críes montones de gatos, perros, ya va. Quizá seas del tipo que lee montones de libros, como yo. La rutina te cobija y te ayuda; a veces sientes pequeñas cosquillas, pequeños recordatorios de lo que era la pasión hacia la vida.

               ¿Se puede llegar a vivir así por décadas y décadas? ¿Alguna vez se encenderá la llama otra vez y sentirás la necesidad irrefrenable de mandar a la mierda todo lo que tanto te costó construir? Ese estado de paz y cómoda insensibilidad que es tan necesitada para sobrevivir en estos días en esta sociedad tan hipócrita y desquiciante. Yo creo que la mayoría hemos decidido apagarnos y vivir con el piloto a media carga. ¿Para qué mandar todo a la mierda si podemos tener la mejor TV de cien pulgadas, con los parlantes más grandes para no tener que escuchar lo que nos digan nuestros pensamientos? Para qué o porqué perderse en un bosque infinito de emociones misteriosas e incontrolables si podemos criar a nuestros vástagos en una casa llena de amores mediocres y una falsa sensación de seguridad. Para qué atraverse a ser único e irrepetible si podemos perdernos en la manada de humanoides que atestan los centros comerciales todos los fines de semana. ¿Qué quieres ser? Probablemente elijas ser un padre modelo, o quizá la desesperación silenciosa te lleve a ser un padre de mierda. Un vicioso corrupto y cínico. Un cobarde incapaz de tomar su destino en sus propias manos, un traidor que engaña a su esposa y sale por las noches a drogarse o quizá hasta a tener sexo con otros hombres. Pobre insecto lastimoso que cree que unos segundos de libertad inducida por alguna droga lo liberará de su propia basura humana, pero lo cierto es que no eres lo sufucientemente valiente para liberarte de tus propias cadenas; las cadenas de tu mente que te mantienen atado a un metro cuadrado, a un cojín mullido donde posar tus nalgas flacas y secas. Eso es vivir en la mentira, eso es ser un siniestro simio atontado incapaz de generar nada que no sea dolor y vergüenza hacia el resto de la humanidad. ¿Cuántos violadores de mujeres o patéticos pedófilos han nacido de la enfermedad mental de nuestro siglo? ¿Cuántas mujeres soportan actos de pura e incuestionable idiotez masculina creyendo que así se supone que debe ser el Amor? Ese tipo de existencias es el que debemos evitar a toda costa y el único método infalible para ello es hacerme cargo: de mí mismo, de mi entorno, de mis actos y de mis pensamientos. De lo contrario no estamos realmente vivos, sino que sobreviviendo, es decir, manteniendo un cuerpo activo (actualmente incluso esto se puede poner en duda) cual si fuera una máquina: las piezas engrasadas y en constante movimiento, pero incapaz de generar una idea o una acción motivada por la decisión firme de la voluntad humana. Y debo dejar en constancia que estos pensamientos no los digo desde una postura moralmente superior, puesto que mi miseria es la misma que critico. Sin embargo, mi primer paso hacia la liberación, si es que esta es posible, es gritar y llorar con todas las fuerzas de mi voz que esta sitaución no da para más ni para mí ni para el resto de los seres humanos.

                   Estar atrapado en este mundo de patéticas repeticiones burocráticas no nos ayuda tampoco.