domingo, 14 de abril de 2013

Tugurio

Acompañada una noche por un viejo amigo

huyendo del frío con escaso abrigo
paseaba por la calle sucia y pestilente.

La noche oscura se cerraba en cada esquina

y se abría en cada parque solitario

lúgubre en su oscuridad sin gente.

Sólo se escuchaba cantar de aves.

Simples criaturas, sin odio ni reproche,
pronunciaban palabras graves
en la tristeza de la noche.


Se oían gritos de borrachos a lo lejos.

Ecos atemorizantes de una botella quebrada
eran insinuaciones del próximo peligro
que tras cada rincón solitario de la ciudad
a nuestros pasos amenazaba.

Nuestras pequeñas conversaciones
era sólo excusas para continuar respirando:
'Somos dos solitarios adormecidos,
a cada paso distanciándonos de nosotros mismos'. 

El miedo y la emoción se acentuaban,
turbando nuestros sentidos,
al compás de los sonidos apagados

acercándonos a nuestros abismos.

Finalmente, después de largo caminar,
un refugio ofreció techo seguro
a nuestros viejos cuerpos cansados.

-'¡No puedes esperar que un poeta vea la vida igual que un banquero!
¡No puedes pretender hacer ver a un ciego
a través de las heridas de los clavos de Cristo!' -cantamos con fervor.

-'No puedes esperar alegría de un cantinero
que ve toda la miseria humana en frente suyo
cuando, humillada y adolorida, busca consuelo
rezumando licor mientras ruega al cielo olvidando su antiguo orgullo.'-
Nos respondía el hombre gris detrás del mesón.

Y ahí, en el frío de la noche, en la taberna sucia y descolorida,
calentando sus carnes con alcohol, dos almas perdidas
consoloran sus tristezas adormeciendo sus sentidos
en una danza misteriosa en la taberna desconocida.

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