Echo de menos ese tiempo cuando era infantil e ingenua y creía que tenía talento. A veces de ese estado irracional y adolescente de creerme única y especial salían cosas buenas. Ahora todo lo medito demasiado y premedito cada acción que llevaré a cabo, y lo triste de esto es que pareciera que ya nada fluye naturalmente como solía hacerlo. Perdí la inspiración. Perdí el leit motiv que movía mis impulsos creativos y ahora me queda sólo la triste y fría racionalidad teórica que aportan los años de estudio. Esta situación me convierte en uno más de los millones de seres que van por la vida hablando con inteligencia sobre variedad de temas, pero que no disfrutan la maravilla que es ver nacer y morir entre tus ojos una obra única e irrepetible que sobreviva su propia existencia terrenal. Qué importa si es un poema malo, una fotografía no profesional, una pintura mediocre: es tuyo, único e irreemplazable. Sueño con el día en que vuelva a sentir ese cosquilleo, ese llamado interno e irresistible que no me dejaba dormir hasta que plasmaba una idea o una imagen en un papel, y ruego porque esto ocurra.
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