Espero nunca convertirme en una soberbia petulante a la que no se le pueda mirar a la cara porque respira y escupe ego por todos los poros. Algo así como mis profesores de la universidad que creen que descubrieron América por sacar unos cuantos doctorados o haber reanalizado palabras que se vienen repitiendo hace siglos. No. Prefiero seguir mirándolos con el orgulloso desdén de quien sabe que nada de esto tiene sentido y que cuando muera no seré más que un montón de huesos secos quemándose con la cal del suelo del Cementerio General.
Además, desde mi sillón nihilista es más simple y cómodo criticar todas las imposturas de los señoritos de tan autoaceptada intelectualidad.
Si no me cree, lea Padres e hijos de Turgénev.
Me acuerdo cuando "uno" de ellos preguntó si alguno de nosotros había leído Antígona, y yo automáticamente y sin meditarlo levanté la mano. Luego él me dijo que explicara una parte de la obra y yo le contesté que no quería. Sin embargo, a pesar de mi negativa, él insistió no sé con qué fin ante lo que le contesté: ¡Ah! No me acuerdo. Entonces tuvo que preguntarle a mi otra compañera.
Claro, pude haber contestado, pero me molestan esas situaciones y me molestó su actitud, así que me negué como buena nihilista que no se somete a ninguna autoridad. Por supuesto mi acto no fue meditado sino hasta hoy, meses después cuando me acordé de este episodio. Y me di cuenta gracias a él que a veces actúo y pienso como una nihilista.
No hay comentarios:
Publicar un comentario