Era un día de verano como cualquier otro. El sol brillaba sin piedad con un celeste opaco de fondo, el sucio color del cielo de las ciudades modernas. El joven portaba siempre una copia arrugada de su poema favorito y había decidido que ese día era un buen momento para enterrarlo dentro de su memoria y quemar el papel que guardaba desde que tuviera quince años, mientras todavía estaba en la escuela -cuando tenía esperanzas, creía en los hombres y en Dios- y tenía la costumbre de hacer anotaciones en todos sus cuadernos de estudios, en vez de tomar notas de las aburridas clases de sus profesores. A la edad de diesiocho años contaba ya con una gran colección que guardaba con prudencia en uno de los cajones que escondía debajo de su cama; más de diez cuadernos gruesos llenos de anotaciones de poemas, cuentos y frases de sus autores favoritos transcritas a mano durante todos los años de su juventud solitaria y melancólica, desde que descubriera por primera vez a Goethe, y a partir de ese momento su vida fuera un sinfín de fantasías, sueños de romances y aventuras que nunca hasta ese entonces había logrado concretar en la vida real. Había perdido la noción del tiempo después de quedarse sentado en el pastizal observando a una pobre mariposa que agonizaba lentamente con sus alas rotas, y que tomándola entre sus manos, con los ojos enjugados en lágrimas, observó cómo la abandonara la vida y en silencio doloroso la dejó sobre una flor. Caminó por el parque con pasos decididos durante media hora o más hasta que los límites del lugar se hicieron difusos y se confundieron con el inicio del bosque que daba término a la ciudad. 'Podría jurar' -se decía a sí mismo- 'que nunca antes, a lo lejos, pude adivinar la existencia de este bosque'. Sin embargo, asumiendo que era una más de las consecuencias de su distraído carácter, avanzó por el sendero de piedrecillas, abriendo con sus pasos pequeñas huellas de tierra al separar los guijarros. De vez en cuando pateaba las piedras más grandes espantando a las avecillas más valientes que osaban acercarse demasiado a sus pies, sin mucho éxito al ser incapaz de siquiera intentar rozar a una de esas encantadoras criaturas. Se reía de su ánimo tan extrañamente ligero porque nunca supuso que desprenderse de su poema favorito lo alegraría en vez de darle una carga aun más oscura a su taciturno carácter. Sacudía su pelo con la palma de su mano para mover las hojas de los árboles y el polvo que lo iban cubriendo a medida que el bosque se hacía más profundo. '¿De dónde han salido todos estos árboles?', se preguntaba mientras la sombra que lo cubría se hacía más espesa. Sin embargo, no se espantó y siguió caminando con naturalidad, como si no supiera que había dejado atrás los últimos edificios de la ciudad hace más de dos horas, y como si no estuviera caminando por un bosque que nunca antes había dado señales de existir. De pronto, entre el sonido del bosque y los cantos de las aves surgió una palabra, como si fuera un susurro del bosque: 'Ofelia', repetía la voz en un hálito apenas perceptible. 'No sé quién eres, pero te dedicaré un poema:
'Ese no es', respondió la voz cuando él terminara la primera estrofa. 'Y sin embargo, lo conoces, ¿verdad?' fue su respuesta. Luego de esperar alguna palabra del bosque y no escuchar nada, siguió recitando:
Nous avons pensé des choses pures
Côte à côte, le long des chemins,
Nous nous sommes tenus par les mains
Sans dire... parmi les fleurs obscures;'
Côte à côte, le long des chemins,
Nous nous sommes tenus par les mains
Sans dire... parmi les fleurs obscures;'
'Ese no es', respondió la voz cuando él terminara la primera estrofa. 'Y sin embargo, lo conoces, ¿verdad?' fue su respuesta. Luego de esperar alguna palabra del bosque y no escuchar nada, siguió recitando:
'Nous marchions comme des fiancés
Seuls, dans la nuit verte des prairies;
Nous partagions ce fruit de féeries
La lune amicale aux incensés
Et puis, nous sommes morts sur la mousse,
Très loin, tout seuls parmi l'ombre douce
De ce bois intime et murmurant;
Et là-haut, dans la lumière immense,
Nous nous sommes trouvés en pleurant
Ô mon cher compagnon de silence.
Seuls, dans la nuit verte des prairies;
Nous partagions ce fruit de féeries
La lune amicale aux incensés
Et puis, nous sommes morts sur la mousse,
Très loin, tout seuls parmi l'ombre douce
De ce bois intime et murmurant;
Et là-haut, dans la lumière immense,
Nous nous sommes trouvés en pleurant
Ô mon cher compagnon de silence.
Al finalizar el último verso, al igual que en el poema, se hizo el silencio. Una tranquila paz lo rodeó hasta el punto que creyó que todo había desaparecido a su alrederor si no hubiese sido por el picoteo constante de un ave en uno de los árboles aledaños. 'Estamos solos, siempre solos', murmuró con tristeza.
De pronto se abrió un claro donde la vegetación constaba solamente de un gran prado lleno de flores y pasto de un intenso verde y un pequeño arroyo de aguas cristalinas. Bebió de las aguas frías hasta calmar su sed y observó, a lo lejos, la silueta de las montañas que rodean la ciudad. 'Después de todo, no estoy tan perdido', pensó. Se sentó a la sombra del único árbol que había justo en el centro del claro y cerró los ojos por un instante. 'Un oiseau chante ne sais où. C'est je crois ton âme qui veille. Parmi tous les soldats d'un sou. Et l'oiseau charme mon oreille', comenzó a cantar en silencio y las palabras fluían de sus labios como el agua del manantial que alimentaba aquél arroyo. 'Tú eres esa ave, amor mío, amor mío como mi corazón azul', dijo y comenzó a llorar. 'Estoy aquí solo por haberte esperado tantos años, y en vano, porque en este mismo momento estás atando tu vida a la de ese tosco caballero que habla demasiado y que no escucha más que su propia voz'. El tiempo pasaba lentamente en aquél bosque donde todo parecía diluirse como la sangre de las guerras en la marea de los tiempos. Y estaba solo como siempre lo había estado, aun caminando entre los hombres, aun con el tiempo copado en deberes sociales y aun en las conversaciones superfluas que rellenan el silencio de los espacios, mas no el silencio de la desesperanza de saber que estamos solos. 'Mi Ofelia, ¿cuántos mares debía cruzar a nado para llegar a ti? ¿cuántas cruces debía cargar sobre mis hombros para lograr una mirada de amor de tus dulces ojos azules?. L'oiseau des soldats c'est l'amour. Et mon amour c'est une fille. La rose est moins parfaite et pour. Moi seul l'oiseau bleu s'égosille.'
La noche aún no daba señales de su llegada, pero el viento comenzó a enfriarse y el silencio que lo acompañaba se hacía más denso con cada inhalación de sus pulmones. Una ráfaga de aire de pronto lo empujó abriendo su chaqueta y un zumbido llegó a sus oídos: la misma voz de antes pero esta vez más aguda y demandante gritó en su oreja '¡Ofelia!'. Y él, enfurecido, gritó a la voz de vuelta '¡Ave azul como el corazón, azul que entre mi pecho llora, haz que oiga tu dulce canción la funesta ametralladora!'. Y luego, otra vez, el silencio. Enfurecido, abrió su chaqueta y sacó la libreta donde estaba el manuscrito del poema maldito que lo condenara desde tan temprana edad a amar sin razón y sin esperanzas. Tomándolo entre sus manos, con el pecho agitado y lágrimas entre los ojos comenzó a recitar:
Y así fue como el poema, al igual que el tiempo, se desplazó entre sus partículas hasta llegar a los últimos versos. Sin embargo, mientras pronunciaba la primera palabra la misma voz de antes acompañó a la suya, esta vez en un tono grave y ronco, potente como un relámpago atravesando sus sentidos:
'Mi locura y mi miedo
tienen grandes ojos muertos
la fijeza de la fiebre
lo que mira en esos ojos
es la nada del universo
mis ojos son ciegos cielos
en mi impenetrable noche
está gritando lo imposible
todo se desploma'
Fin.
De pronto se abrió un claro donde la vegetación constaba solamente de un gran prado lleno de flores y pasto de un intenso verde y un pequeño arroyo de aguas cristalinas. Bebió de las aguas frías hasta calmar su sed y observó, a lo lejos, la silueta de las montañas que rodean la ciudad. 'Después de todo, no estoy tan perdido', pensó. Se sentó a la sombra del único árbol que había justo en el centro del claro y cerró los ojos por un instante. 'Un oiseau chante ne sais où. C'est je crois ton âme qui veille. Parmi tous les soldats d'un sou. Et l'oiseau charme mon oreille', comenzó a cantar en silencio y las palabras fluían de sus labios como el agua del manantial que alimentaba aquél arroyo. 'Tú eres esa ave, amor mío, amor mío como mi corazón azul', dijo y comenzó a llorar. 'Estoy aquí solo por haberte esperado tantos años, y en vano, porque en este mismo momento estás atando tu vida a la de ese tosco caballero que habla demasiado y que no escucha más que su propia voz'. El tiempo pasaba lentamente en aquél bosque donde todo parecía diluirse como la sangre de las guerras en la marea de los tiempos. Y estaba solo como siempre lo había estado, aun caminando entre los hombres, aun con el tiempo copado en deberes sociales y aun en las conversaciones superfluas que rellenan el silencio de los espacios, mas no el silencio de la desesperanza de saber que estamos solos. 'Mi Ofelia, ¿cuántos mares debía cruzar a nado para llegar a ti? ¿cuántas cruces debía cargar sobre mis hombros para lograr una mirada de amor de tus dulces ojos azules?. L'oiseau des soldats c'est l'amour. Et mon amour c'est une fille. La rose est moins parfaite et pour. Moi seul l'oiseau bleu s'égosille.'
La noche aún no daba señales de su llegada, pero el viento comenzó a enfriarse y el silencio que lo acompañaba se hacía más denso con cada inhalación de sus pulmones. Una ráfaga de aire de pronto lo empujó abriendo su chaqueta y un zumbido llegó a sus oídos: la misma voz de antes pero esta vez más aguda y demandante gritó en su oreja '¡Ofelia!'. Y él, enfurecido, gritó a la voz de vuelta '¡Ave azul como el corazón, azul que entre mi pecho llora, haz que oiga tu dulce canción la funesta ametralladora!'. Y luego, otra vez, el silencio. Enfurecido, abrió su chaqueta y sacó la libreta donde estaba el manuscrito del poema maldito que lo condenara desde tan temprana edad a amar sin razón y sin esperanzas. Tomándolo entre sus manos, con el pecho agitado y lágrimas entre los ojos comenzó a recitar:
'En las aguas profundas que acunan las estrellas,
blanca y cándida, Ofelia flota como un gran lirio,
flota tan lentamente, recostada en sus velos...
cuando tocan a muerte en el bosque lejano.
Hace ya miles de años que la pálida Ofelia
pasa, fantasma blanco por el gran río negro;
más de mil años ya que su suave locura
murmura su tonada en el aire nocturno.'
blanca y cándida, Ofelia flota como un gran lirio,
flota tan lentamente, recostada en sus velos...
cuando tocan a muerte en el bosque lejano.
Hace ya miles de años que la pálida Ofelia
pasa, fantasma blanco por el gran río negro;
más de mil años ya que su suave locura
murmura su tonada en el aire nocturno.'
Siguió recitando, gritando las palabras que el poeta pronunciara por primera vez siglos atrás sintiendo como todo lo que le rodeaba desaparecía lentamente y él mismo, dejándose llevar por la emoción, se fundía con el arroyo. Y las copas de los árboles se agitaban al mismo ritmo de su respiración, y su corazón, fuera de control, latía al ritmo de las contracciones de la Tierra.
'Cielo, Amor, Libertad: ¡qué sueño, oh pobre Loca! .
Te fundías en él como nieve en el fuego;
tus visiones, enormes, ahogaban tu palabra.
–Y el terrible Infinito espantó tu ojo azul.'
Te fundías en él como nieve en el fuego;
tus visiones, enormes, ahogaban tu palabra.
–Y el terrible Infinito espantó tu ojo azul.'
Y así fue como el poema, al igual que el tiempo, se desplazó entre sus partículas hasta llegar a los últimos versos. Sin embargo, mientras pronunciaba la primera palabra la misma voz de antes acompañó a la suya, esta vez en un tono grave y ronco, potente como un relámpago atravesando sus sentidos:
'Y el poeta nos dice que en la noche estrellada
vienes a recoger las flores que cortaste ,
y que ha visto en el agua, recostada en sus velos,
a la cándida Ofelia flotar, como un gran lis.'
vienes a recoger las flores que cortaste ,
y que ha visto en el agua, recostada en sus velos,
a la cándida Ofelia flotar, como un gran lis.'
Y con la última frase sintió como se desplazaba por el riachuelo, igual que Ofelia, difuminándose al igual que una estrella fugaz en el cielo nocturno que ahora lo miraba con ironía. Y al mirar a su lado, junto al arroyo, sentada sobre las flores usando un vestido blanco y sosteniendo entre sus manos el cuaderno de poemas, lo miraba Ofelia con sus lánguidos ojos y su piel pálida y de sus labios rojos como la sangre brotaron las últimas palabras que él escucharía:
'Mi locura y mi miedo
tienen grandes ojos muertos
la fijeza de la fiebre
lo que mira en esos ojos
es la nada del universo
mis ojos son ciegos cielos
en mi impenetrable noche
está gritando lo imposible
todo se desploma'
Fin.
No hay comentarios:
Publicar un comentario