Hurtaré pequeños rastros de tu aliento en las colinas
al viento implacable de las montañas que rodean mi hogar.
Ahí, como un ermitaño altivo y solitario,
buscaré tu presencia en las llanuras vecinas:
ya no estás, es cierto, y estoy solo, pero te puedo recordar,
y con cada memoria de nuestro largo itinerario
una a una revividas en mi mente te empezaré a olvidar.
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